domingo, 4 de enero de 2009

Llamadme falsa

Ayer me encontré con un par de bienintencionados que decidieron renunciar al tabaco a la vez que estrenaban año. Les felicité, por supuesto, dejar un hábito requiere grandes dosis de optimismo y reconocimiento ajeno, pero lo mejor vino en cuanto prendí uno de mis cigarrillos para fumármelo, sin complejos ni piedad, en medio de la reunión. Sanders me miró incrédulo a la vez que me espetaba: ¡Pero bueno! ¡Has vuelto a fumar! Yo que te tenía como ejemplo a seguir, en un pedestal, de hecho, gracias a tí me animé... y ahora qué? Significa eso que no hay héroes? He estado adorando a un falso mesías?
Entonces recordé una noticia que leí en la prensa sobre una mujer que dijo perderlo todo en los atentados del 11S, que fundó un grupo de ayuda para las víctimas haciendo un gran trabajo, por cierto, y que años después descubrieron el pastel de que a ella no se le había perdido nada entre los escombros del desastre sino que además ni estaba en ese momento... como era de esperar, le arrancaron los galones, la señalaron (y la señalan) en público y supongo que debe figurar en una de esas simpáticas listas donde puedes saber cual es el oscuro pasado de tu vecindad, al más puro estilo americano que se mete y se saca la libertad personal en el bolsillo como si fuera un billete a cambiar en cuanto se le antoja un nuevo capricho.
Así funcionan muchas cosas: mi gruesa comadrona me recomienda que no suba de peso, mi librero no lee más que el periódico, los casados te dicen que lo mejor es estar soltero....en fin, pilarín, haz lo que digo, no lo que yo hago