Yo,personalmente, desprecio a aquellos que hacen de su vida una rutina inamovible, y no hablo ya de los que sufren algun tipo de lesión en la que los imprevistos resultan fatales, sino de aquellos que, tal como reza el dicho popular "no se atreven a variar no fuera que se dieran cuenta de lo mucho que se están aburriendo".
Los aborrezco porque no están contentos con su condición, ni satisfechos. La queja asoma por sus bocas tan pronto despegan los labios. Son militantes de la envidia, y sobretodo, siempre tienen a punto un consejo sobre lo que debes hacer.
Si algo no soportan, es la visión de áquel que vive a salto de mata, sin domicilio de propiedad, sin hijos o sin compañero sentimental: tú si que vives bien... libre, sin cargas...yo en cambio, ya ves, la hipoteca, el cole, mi suegra...me tienen amargado, estoy por coger una baja por depresión, no lo aguanto...
Prefiero la sacudida, el traspiés, el imprevisto a la absurda comodidad de la monotonía...
Me alegro de estar viviendo tiempos interesantes, que no lo son tanto cómo los que vivieron mis padres, mis abuelos, por tener menos sangre, aunque la violencia de la ansiedad por el estatus empozoñe de la misma manera en la que lo hicieran las guerras, el hambre y el destierro.
Quizás por eso esta mañana me desperté sobresaltada al darme cuenta de lo soñaba: dormía dentro de una balsa, la mar de tranquila, mientras era arrastrada, suavemente, hacia el acantilado, el abismo, el hundimiento de mi misma.