martes, 14 de octubre de 2008

Adiós a mi celestina

Cierto día, una de mis amigas que recibe con bastante frecuencia mis charlas sobre lo que quiero o no en la vida, decidió que había encontrado lo que yo llevaba tanto tiempo buscando sin éxito: El hombre perfecto.
El hombre perfecto debía ser guapo, tener buen humor, salud y desapego, porque en esa época sólo quería una cosa: reproducirme.
No esperaba la llegada de mi media mitad, ni pienso que las relaciones en las que hay hijos de por medio sean definitivas, desenvolverte con elegancia y seguir siendo amigos, amantes y padres compatibles entre sí me parece de malabaristas.
Sino imposible me resulta difícil de creer en cuanto me topo con las estadísticas.
Así que buscaba a alguien que quisiera lo mismo que yo, sin tener que prometernos amor eterno o sin preocuparme por si las estrías que dejaron en mis tetas los 6 meses de lactancia eran la razón por la que mi pareja ya no me hacía el amor.
Un día, N me llamó diciendo: te he encontrado al papi perfecto.
El reproductor en cuestión tenía ya dos criaturas en este planeta, una buena relación con la madre de sus hijos, no le faltaba trabajo, ni dinero, ni buen humor y además: era guapísimo.
No lo tenía yo muy claro, pues no la creí del todo, ella le había contado cuales eran mis intenciones y no había problema.
¿Sería verdad?
Pactamos una cena a 4, mi amiga con su pareja y nosotros dos.
Él, llegó tarde pero me impresionó: realmente era guapo, quizás demasiado joven, pero muy educado y con sentido del humor. La velada transcurrió sin más complicaciones que las que yo misma creé: había pasado el fin de semana quemando mis naves en un acto plenamente consciente de autoboicot.
Pero al día siguiente él preguntó a nuestra celestina si había algún tipo de trampa, y si podía obtener de alguna manera mi número de teléfono.
N me hizo saber que él tenía mucho interés y mi vanidad, junto a mi orgullo herido por un altercado de la semana anterior, dieron el SI.
Fué veloz, llamó enseguida, intentó concertar una cita para el mismo día a lo que mi orgullo herido y hambre de venganza con el género masculino dijeron NO puedo.Él me rogó (mi vanidad sonrió)ME MARCHO MAÑANA Y TARDARÉ UN MES EN VOLVER.
Tengo paciencia, tu, tené fe, cuando vuelvas, tendremos otra cita.
Durante su ausencia intercambiamos unos cuantos correos, me envió una postal de las de papel, con su sobre y matasellos, pero tardó un més más en regresar.
Finalmente, para cuando concertamos la cita, ya no estaba dolida, ni vanidosa, ni nada, estaba encantada de la vida, pero con el interés dormido.Pensé que era un tipo divertido, que podíamos charlar cordialmente... y se presentó un depresivo. Con el mismo rostro y el mismo timbre de voz había otro ocupando el cuerpo de aquel risueño e encantador autor de tantos mensajes.Me contó que llevaba 17 años psicoanalizándose, que terminó la terapia porque fue su psicoanalista quien dió por terminada la relación y que anduvo perdido de terapia en terapia hasta hacía bien poco, en cuanto encontró una conductista cognitiva que tras meses dió con la solución:
SI ALGO TIENE SOLUCIÓN, NO HAY QUE PREOCUPARSE, Y SI NO LA TIENE, RAZÓN DE MÁS PARA NO PREOCUPARSE...

Atónita y sin palabras me quedé...No pude explicarle que yo era partidaria de los clásicos:llamar a mis amigos y pegarme una borrachera cuando tenía algo por curar.

No hay comentarios: